NO SE ADMITEN IMBÉCILES NI MANZANAS PODRIDAS

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Tengo un amigo empresario con una norma en su empresa a la que llama “no se admiten imbéciles”. La norma no es impuesta, ni siquiera es idea suya, es aplaudida y compartida por la mayoría de la plantilla y la copió de una empresa norteamericana.

Ya sabemos que los norteamericanos no son un ejemplo en todo, pero incluso hoy nos aventajan claramente en algunas cosas.

Cuando le pedí que me explicara en qué consistía esa norma, me dijo “tienes que cuidar mucho que piezas de fruta incluyes en tu cesta, porque una manzana podrida seguro va a contaminar a las que están en contacto con ella”.

Para él los peores son esas personas que se anteponen a los clientes, a la empresa o a sus propios compañeros.

En muchos casos suelen ser personas con una habilidad especial, de la que son conscientes y la explotan incluso a expensas de pasar por encima de otros compañeros, que buscan el éxito a corto plazo y que normalmente tarda en volver a crecer la hierba por donde pisan. Coincide además que duran poco en sus empleos y van cambiando con mucha rapidez.

Tienen esa capacidad para convencer y creen que están solos en el mundo (departamento, equipo, empresa). Suelen cumplir sus objetivos, a base de pagar un precio alto y anular a las personas que están en su entorno.

Mi amigo quiere en su empresa personas con grandes cualidades en sus áreas, pero sobre todo quiere a personas que tengan un impacto positivo en el rendimiento y las relaciones con los demás.  Aunque tengan que ir mejorando para ser brillantes.

Como escuché una vez a un juez del Tribunal Supremo “En este mundo no conseguimos nada nosotros solos, lo que ocurre es consecuencia de las interrelaciones con las personas de nuestro entorno, para bien o para mal.”

Cuando tenemos un problema queremos tener de nuestro lado al profesional más cualificado para resolverlo, pero de nada sirve si la persona implicada deja de tener interés por resolverlo.

Ser bueno técnicamente en la labor a la que te dedicas es muy importante, pero saber adaptarte a tu empresa, ayudar a su crecimiento y al de otros compañeros dejando de lado intereses personales también lo es.

Somos interdependientes, estamos en un mundo interconectado y la calidad de las relaciones en el trabajo es fundamental. No obstante, hay estudios que indican que los profesionales que están más preparados producen casi un 50% más que los compañeros más mediocres, por lo que la tarea en las empresas es alinear los objetivos individuales con los de la organización.  Definir y compartir la visión, misión y sobre todo los valores de la empresa, trabajar con todos ellos para lograr un clima de equipo, un sentido de pertenencia para retener ese talento  y lograr contagiar al resto.

La responsabilidad de los lideres es reconocer y valorar el talento, analizar si esas personas mejoran o socavan el rendimiento y las relaciones con sus compañeros.  Capacitarles para que atiendan los intereses de los clientes.

Es justo contemplar la opción de incentivar ese talento con remuneraciones extraordinarias porque es justo que haya una diferencia que compense el trabajo bien hecho.  Recompensar a los que contribuyen por encima de la media para valorar ese trabajo, y para no mandar el mensaje de “da lo mismo comprometerme con la empresa si me van a pagar igual”.

En la semilla se encuentra el poder de la cosecha, de un lado sembrar y de otro trabajar la tierra para cumplir con las dos partes del pacto. Todos debemos tener claro cuál es nuestra función y cosechar nuestra parte para obtener buenos resultados.

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